Miedo

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No es necesario que razones, que cuestiones, que resistas, que transformes. No permitas que la duda corrompa tus ideales, aquellos que desde niñx te impusieron y que ahora tu impones desde el privilegio de ser lo “normal”.
En algunos momentos de perspicacia, admites que esas normas son irrealizables e idealizables y recuerdas que conforme creciste, te diste cuenta que eran imposibles de sostener, aprendiste a sobrellevarlas y disfrazarlas, a caminar en la oscuridad de los vacíos de aquella ley moral. Pero no te educaron para ser la “otredad”, por eso prefieres el silencio y la gobernabilidad.
Sabes muy bien que lo “diferente” conduce al señalamiento, y por ende a la angustia y al rechazo. Es por eso que tu vida se sostiene en el ideal más que en la realización, sabes muy bien que el encargo es imposible pero la hipocresía es mas amable que la conciencia.
Tienes miedo de transformarte, de encontrarte.

Vivir, acostumbrándose a morir.

Vivir, acostumbrándose a morir. Acrílico, tinta y grafito sobre tela, 2018.

La moral de los seres bellos consiste en poder sustraerse a todo deber. La belleza no tiene tiempo de ser responsable cada vez que se manifiesta la influencia de su fuerza imprevisible. La belleza no tiene tiempo de pensar en la felicidad, y todavía menos en la felicidad ajena… Pero es precisamente por eso por lo que la belleza tiene el poder de hacer feliz a quien está preparado para morir sufriendo.

Yukio Mishima, El color prohibido, 1951.

Desde las hipócritas formas sociales en las que estamos embebidos, a veces asoman momentos de lucidez y renunciamos al control. Esta pérdida de poder nos conduce a experimentar un hermoso olvido de sí mismo, y es en esa disolución del ego donde la fuerza subversiva nos lleva al edén perdido.

Es por eso que insisto, hay que vivir, acostumbrándose a morir.

Alebrije sin cabeza

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Mientras regreso a casa en el segundo piso del metrobús de reforma, veo la hermosa avenida donde convive nuestro glorioso pasado de cantera y piedra volcánica y la utopía neoliberal nopalera en forma de modernos rascacielos, entre monumentos a nuestros desaparecidos deambulan hombres y mujeres de traje negro, chicos besándose en los starbucks y gente paseando a sus perros, desde los roof salen helicópteros que transportan a políticos y empresarios de regreso a casa, los emprendedores burgueses en bicicleta y los funcionarios mediocres en sus autos de lujo. Todo marcha normal en este país bendecido por la virgen de Guadalupe y cubierto por el inmenso cielo azteca.

Por un momento pierdo el interés en las maravillosas luces de Reforma, en el instagram donde consumo el sueño aspiracional de cada día y me pregunto ¿Hay algo que pueda sorprendernos en un país donde se disuelven en ácido a 3 estudiantes? Esta nación es un monstruo pintando por artesanos maravillosos, se mueve sin control, tiene tantas caras, vive tantas realidades. Somos el alebrije que el extranjero compra y admira con asombro.

Y nosotros con nuestro activismo digital ¿que tanto somos capaces de hacer? Me siento incapaz, las situaciones nos rebasan y solo nos queda conformarnos y normalizar tan graves sucesos mientras tengamos comida, datos en el celular y ropa nueva. Bajo la mirada, regreso la atención al Instagram y me conformo con mis likes.

 

El verdadero espíritu es perder.

El milagro

A muchos de nosotros nos aleccionaron en una doctrina que espera un fin próximo y catastrófico, apocalíptico y que buena parte viviremos para presenciarlo. Durante ese camino que llamamos vida elegimos (o nos inculcan) vivir con amor, con virtud y con espíritu. Han pasado 2018 años después de Cristo y esas concepciones se transforman y se adaptan para entenderlas desde diferentes situaciones sociales, culturales, políticas y económicas. Este mundo no se acabó, todos los días las mentes científicas nos enfrentan a nuevos universos y aún así seguimos renovando aquel pensamiento.

Cada uno de nosotros le es deudor de lo que tiene de mejor en sí. Perdonémosle su esperanza en su vano Apocalipsis, en un advenimiento a todo triunfo sobre las nubes. Quizás era un error de los demás tanto como el suyo y, si es cierto que él participaba en la ilusión colectiva en la ilusión colectiva, qué importa, ya que su sueño lo ha vuelto fuerte contra la muerte y lo ha sostenido en una lucha que, sin tal idea, le habría sido desigual.

Ernst Renán

Y fue así como se construyó la idea de que la generosidad y el idealismo llega cuando estamos convencidos de que está próximo el fin. Nuestra inevitable muerte personal se refleja en la tragedia de los demás, en la enfermedad, en la pobreza y la desgracia. Inyectados esos temores, tenemos que vivir la vida con la moral de quien esta condenado a muerte. Desarrollados los sentimientos de angustia nace el idealismo de la trascendencia, del más allá. Y solo nos queda esperar el milagro.

Leo a Renán, Leo a Nietzche, leo menos a San Pablo y me cautiva aun más la figura de Jesús. Por que veo en él a un anarquista decadente y sin maldad, a un revolucionario apasionado, a un anormal de sus contemporáneos que desvanece instituciones en lugar de buscar la pertenencia.

El verdadero espíritu de que para poseer hay que renunciar.