El bolero, una manera de morir de amor.

Bolero 2

Pensé en las insoladas plazuelas de Umán, Tekax y Motul, en los perros dormidos en una tarde lentísima. Aquellos tríos de guayaberas prestadas habían salido de ahí para perpetuar una de las más peculiares tradiciones yucatecas: las complicadísimas maneras de morir de amor.

Juan Villoro, Palmeras de la brisa rápida, 1989.

Las raíces del bolero se encuentran en los compases de la contredance francesa, ritmos surgidos en los salones de baile parisinos que primero viajaron a España a mediados del Siglo XVIII, para posteriormente iniciar su travesía al continente americano tocando tierra en la Isla de Cuba, donde se fusionarían con el danzón y la habanera, asimilandose a finales del Siglo XIX. La unión del folclore cubano y la contra danza europea originarían el género más emblemático de América Latina, el bolero.

Sin duda el género forjaría su espíritu en la melancolía y el desamor, como lo demuestra “tristezas” el primer bolero, autoría de Pepe Sánchez. El padre del bolero y la trova nació en Santiago de Cuba en 1857.

En 1888 se estableció la ruta naviera nueva entre Cuba, Yucatán y Veracruz. Y el poeta con guitarra es sin duda un ser aventurero aquejado por el mal de Saturno; Seguramente en una tarde habanera pintada de malva, un trovador cargado de “tristezas” se despidió del ron y el tabaco para amanecer en el puerto de Progreso llevando de contrabando las semillas del bolero. De una tierra de pasiones a una de las regiones más conservadoras de América, el bolero se convertiría en la expresión del deseo, el sentimiento y la desdicha.

Enrique Galaz Chacón, El Curro, tenía 18 años cuando compuso “Madrigal”, tomando los versos de un poemario de Carlos R. Menéndez (fundador del Diario de Yucatán). El bolero fue interpretado por el dueto Ponce Galaz durante las fiestas patronales del Santo Cristo del Amor, en agosto de 1918. Con este acontecimiento, salpicado de metafísica y flores tropicales, la tradición del bolero y la trova yucateca había nacido y con ella, la mas peculiar forma de morir de amor.

Y de la elegancia de la guayabera y la filipina, de las influencias de Cuba y de Colombia, los acordes y las letras nos recordarán el amor a la “antigua” no sin reconocer que en muchos casos fueron expresiones de arrebato pasional e idolatría. En 1921, Felipe Carrillo Puerto envía a una comitiva (entre ellos se encontraba Ricardo Palmerín) para cantar en la celebración de los cien años de la independencia. El efecto de los boleros se propaga en la bohemia Ciudad de México entre los ambientes de cabaret, los círculos intelectuales y políticos, y la marginalidad de la pasión fugaz de la que Agustín Lara será el mayor exponente. Una de las canciones más sonadas de la época es “Presentimiento” del compositor campechano Emilio Pacheco y letra del español Pedro Mata:

El día que cruzaste
por mi camino,
tuve el presentimiento
de algo fatal.
Esos ojos, me dije,
son mi destino,
y esos brazos morenos
son mi dogal.

El bolero en muchas de sus letras guarda un significado oculto y contradice la institución moral, es por eso que en varias ocasiones fue motivo de escándalo y condenado grupos conservadores del país y por la Iglesia. Como escribió realmente Agustín Lara, “aunque no quieras tú, no quiera yo, ni quiera Dios”, el bolero se fue perfilando como la música de la letra de doble sentido, de un sentimentalismo fatal y de la seducción de lo prohibido. En esta etapa, las mujeres protagonizan la escena del mundo raro y de la pasión del amor extraño (Olga Guillot, Elvira Rios, Luisa Landín y Toña la Negra,  entre otras).

Las canciones populares de los hogares mexicanos son el recuerdo “decente” de la abuela y las noches melancólicas de Mérida o de Veracruz, son tambien los ojos tristes de Guty Cárdenas, los labios purpurinos de Alma Reed, la verdad amarga de Consuelo Velázquez y la espinita que mata de pasión de Nico Jimenez. Son registros vivos de nuestras ilusiones y apetencias, del fariseísmo del auténtico querer en nuestra educación sentimental.

Vivir, acostumbrándose a morir.

Vivir, acostumbrándose a morir. Acrílico, tinta y grafito sobre tela, 2018.

La moral de los seres bellos consiste en poder sustraerse a todo deber. La belleza no tiene tiempo de ser responsable cada vez que se manifiesta la influencia de su fuerza imprevisible. La belleza no tiene tiempo de pensar en la felicidad, y todavía menos en la felicidad ajena… Pero es precisamente por eso por lo que la belleza tiene el poder de hacer feliz a quien está preparado para morir sufriendo.

Yukio Mishima, El color prohibido, 1951.

Desde las hipócritas formas sociales en las que estamos embebidos, a veces asoman momentos de lucidez y renunciamos al control. Esta pérdida de poder nos conduce a experimentar un hermoso olvido de sí mismo, y es en esa disolución del ego donde la fuerza subversiva nos lleva al edén perdido.

Es por eso que insisto, hay que vivir, acostumbrándose a morir.

El mal mundo

el mal mundo

“El mal mundo”, Pasteles y acrilico en aerosol sobre papel de algodón.

Platicando con amigos de sus romances, me vienen pensamientos e imágenes a la mente que he construido en el ideal del dramatismo y la sensualidad. En cierta manera me defino como un ser de soledad que necesita compañía y la belleza ideal del mito, buscando razones y argumentos todos los días entre el gimnasio y el supermercado. En el mal mundo, Luis Antonio de Villena escribe los siguientes ejemplos:

Son muchos los que confunden las maneras del amor. Y es lógico. La vida de casi todos es corta y breve (en intensidad y en tiempo) y la mayoría nos movemos entre grisuras confortables.

La pasión amorosa absoluta no es familiar, ni continuista, ni hogareña, ni puede -jamás- tener futuro. Nadie lo resistiría. Ni los místicos lo han hecho.

Haber deseado hasta las uñas de sus pies, hasta sus pelos todos, me ha salvado la vida y la pureza. Aquel terror fue mi futuro por que no hay espíritu. La tranquilidad no llega, probablemente, sin algún rito oscuro. Sin el abismo que fructifica.

Que mas da si tenemos que viajar a Londres y depositar ese anhelo cada 3 meses, o tratar de encontrar la historia que encenderá la llama eterna del corazón en horas laborales o mientras cansados regresamos a casa en el metro eligiendo al efebo en una aplicación digital. Hay cambios en los formatos, pero seguimos luchando entre el anhelo y el instinto. Luis González de Alba se refiere al amor en Cuchillo de doble filo:

Es un velo que nos encubre que no hay sino dolor en el supuesto, siempre falso, de que tras el desierto llegamos al oasis esperado. Es falso que el amor exista y es falso que no exista. Mas bien pertenece a lo inefable, a lo que se quiebra cuando le buscamos definiciones.

No queremos hablar de amor, preferimos hablar mejor de erotismo y de pasión. Es sin duda mas fácil o quizás no es fácil, pero si un concepto que fluye y que parece nublar la consciencia ante lo irremediable. González de Alba escribe:

Podemos decir con cierta verdad, que el amor erótico se enciende con la facilidad con que se apaga. A veces no, no se apaga, entonces se transforma y así dura años, en ocasiones la vida entera. La pasión termina, luego se construye el amor, lentamente. A veces surge la pasión como un incendio, fulgurante, insoportable, con dolor físico ante la ausencia.  No siempre es así.

Habría que dedicarle toda una vida para entender a este mal mundo, a sus amores y sus pasiones. Dejamos de lado la política y la religión, no nos importan los hijos ni los  derechos animales, el trabajo deja de tener importancia en esta civilización neoliberal y nos reducimos a ser idiotas idealistas en busca de los significados. Sólo somos unos niños jugando a ser “grandes”, tal cual lo vimos en el cine cuando soñábamos a ser adultos.