Alebrije sin cabeza

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Mientras regreso a casa en el segundo piso del metrobús de reforma, veo la hermosa avenida donde convive nuestro glorioso pasado de cantera y piedra volcánica y la utopía neoliberal nopalera en forma de modernos rascacielos, entre monumentos a nuestros desaparecidos deambulan hombres y mujeres de traje negro, chicos besándose en los starbucks y gente paseando a sus perros, desde los roof salen helicópteros que transportan a políticos y empresarios de regreso a casa, los emprendedores burgueses en bicicleta y los funcionarios mediocres en sus autos de lujo. Todo marcha normal en este país bendecido por la virgen de Guadalupe y cubierto por el inmenso cielo azteca.

Por un momento pierdo el interés en las maravillosas luces de Reforma, en el instagram donde consumo el sueño aspiracional de cada día y me pregunto ¿Hay algo que pueda sorprendernos en un país donde se disuelven en ácido a 3 estudiantes? Esta nación es un monstruo pintando por artesanos maravillosos, se mueve sin control, tiene tantas caras, vive tantas realidades. Somos el alebrije que el extranjero compra y admira con asombro.

Y nosotros con nuestro activismo digital ¿que tanto somos capaces de hacer? Me siento incapaz, las situaciones nos rebasan y solo nos queda conformarnos y normalizar tan graves sucesos mientras tengamos comida, datos en el celular y ropa nueva. Bajo la mirada, regreso la atención al Instagram y me conformo con mis likes.